La diferenciación es el nombre del juego en el entorno competitivo actual. Pero lograrla no resulta nada sencillo. Ciertos principios básicos vinculados con la satisfacción del consumidor siguen vigentes.

La mayoría de los supermercadistas, en mayor o menor medida, han experimentado desde sus inicios en la actividad la frustrante sensación de que los clientes deambulen desorientados entre las góndolas, o peor aún, buscando a alguien para efectuar la pregunta fatal: ¿Dónde están tales productos? ¿Por qué a pesar de existir llamativos letreros ubicados en todas las direcciones, las personas, en este caso los compradores, deben recurrir a un puesto de información o importunar a los empleados para encontrar determinada sección o artículo? ¿Por qué esto no ocurre, por mencionar algún lugar, en un aeropuerto alemán, donde pasajeros de todas las nacionalidades e idiomas se orientan y se movilizan sin ninguna dificultad? La respuesta es una sola: señalización.

En efecto, la experiencia ha comprobado que los avisos en los que sólo se emplean letras para informar son de poca o casi ninguna efectividad. Hay un lenguaje universal, que sobrepasa cualquier barrera. Es el lenguaje de los símbolos, las imágenes, el color, la luz.

A medida que transcurren los años es evidente que los adelantos tecnológicos, la enorme densidad de población en los centros urbanos, la congestión en las vías y los sitios públicos e inclusive la saturación de medios de comunicación, ha traído como consecuencia una notoria disminución del tiempo y la disponibilidad de las personas para llevar a cabo actividades paralelas, pero absolutamente indispensables, como hacer compras.

Es claro que la fatiga y las presiones de todo orden ejercen efectos negativos, de tal intensidad que pueden hasta llegar a dificultar la lectura de avisos. De ahí que toda esta información debe ser transformada a un idioma visual, que no exija ningún esfuerzo para su comprensión.

(Puede continuar leyendo esta nota en la Edición Digital de Revista Punto de Venta N° 315).