En 1985, Argentina dio un paso decisivo hacia la modernización: se incorporó a la International European Article Number (EAN) y recibió el prefijo 779, con el que comenzaron a identificarse los productos nacionales. Ese hito marcó el inicio de una transformación que redefinió la manera de producir, vender y consumir en el país.
Hasta la irrupción del código de barras, la marcación de los precios de los productos vendidos en el comercio minorista se hacía con etiquetadoras, artículo por artículo. La tarea implicaba horas y horas de trabajo manual y errores que significaban importantes pérdidas y altos costos administrativos.
En el resto del mundo, esta preocupación llevaba ya algunas décadas. Los supermercados estadounidenses se plantearon la necesidad de agilizar la gestión de la línea de cajas y de optimizar los controles de stock. Para hacer frente a esta necesidad, la US National Association of Food Chains lanzó el requerimiento de un sistema de automatización para el sector.
El código de barras fue desarrollado en 1969, dando paso luego al Universal Product Code (UPC), y en 1970 la cadena Kroger de Cincinnati recibió el primer scanner, que significó un cambio definitivo a la hora de comercializar productos.
En junio de 1974 en la ciudad de Troy, Ohio, los supermercados Marsh recibieron el primer producto con código de barras: una caja con envases de chicles Wrigley’s Juicy Fruit.
(Puede continuar leyendo esta nota en la Edición Digital de Revista Punto de Venta N° 357).












